El país galo ha sido siempre uno de los principales mercados de Apple en Europa, y donde ha mantenido la sede de muchos de sus servicios. Pero en los últimos tiempos Francia no sólo está pensando en instaurar un impuesto sobre las multinacionales tecnológicas (que no suelen pagar en proporción a los beneficios que generan, ya que los desvían a otros países menos prensiles, como Irlanda) sino que ha estado auditando a la filial de Apple y ha concluido que no ha pagado los impuestos que debía.

La auditoría (lo que en España se llama una inspección de Hacienda) ha durado años, y sus conclusiones no son públicas aunque Apple afirma que las incluirá en su informe anual. El resultado es que la empresa y el gobierno francés han llegado a un acuerdo que compromete a la empresa de la manzana a abonar en torno a los 500 millones de euros en impuestos atrasados (571 millones de dólares). Esto se une a la condena a pagar en torno a 13.000 millones al gobierno irlandés (en 2016; este caso está aún pendiente de recurso) por presunto trato preferente ilegal.

Son síntomas de una corriente que viene de lejos. Las empresas del tamaño de Apple tienen tendencia a optimizar su obligaciones con las haciendas de los países donde operan, a base de mover los beneficios a donde menos impuestos se cargan. Cuando eso acaba resultando en 17.000 millones de impuestos evitados por una sola empresa (aunque sea la mayor del mundo), los países reaccionan. Y el caso de las empresas tecnológicas como Google o Apple es especialmente sangrante porque (a diferencia de las multinacionales tradicionales) ni siquiera crean apenas puestos de trabajo en los países en los que obtienen los beneficios.

La Unión Europea lleva tiempo intentando coordinar un régimen fiscal que obligue a estas empresas a tributar de un modo más realista, pero coordinar a todos sus miembros no está siendo rápido. Mientras tanto, Francia va camino de implantar su propia versión y el Reino Unido también. España hizo amago de intentarlo, y consiguió que Google se llevara buena parte de sus inversiones en el sur de Europa a Lisboa. Es un ejemplo de las herramientas de las multinacionales para doblegar a los gobiernos cuando actúan por separado.

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